La eternidad no es sana; será porque impide respirar
y tiene una forma cruel de arrebatar la esencia, la cual nos hace perfectos.
Debe ser por eso que dejamos de bombear en cierto momento;
la vida no existiría en caso contrario.
La infinidad nos obliga a cerrar los ojos. Y no será por miedo, sino por estabilidad.
Ésta tiende a estallar y nosotros a comprimirnos.
Es bueno aprisionarse, suelen decir,
cuando uno es comprendido.
La perpetuidad hunde,
mientras la fugacidad aviva la esencia
y lleva al delirio al más cuerdo.
Y cuando tomemos en serio
la sublime caducidad
podremos disfrutar de aquel frenesí que siempre ansiamos.